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 Me costó muchos años y varias batallas frente al espejo pero al final he aprendido a amar mi reflejo y hoy me gustaría compartir con ustedes lo que aprendí en esta guerra.

 

Desde pequeña he escuchado que soy una niña hermosa. Recuerdo que en las reuniones familiares mis tíos llenaban de felicitaciones a mi madre por la hija tan bonita que tenía.

Pero lo único que veía en el espejo era una niña pequeña, con el cabello enmarañado y una sonrisa rarísima.

 

Cuando llegue a la adolescencia esa situación comenzó a tener una relevancia mayor en mi día a día. Por supuesto me gustaban los chicos y quería que se fijaran en mi, y fue entonces cuando note que yo no cumplía con el estereotipo.

Mis compañeras, que siempre iban bien peinadas, con su ropita femenina y su actitud de señorita, empezaron a tener novio.

 

Y a pesar de que mis compañeros no me miraban ni por mal pensamiento, cada vez que un adulto me conocía me hacía algún cumplido sobre mi apariencia.

Con el tiempo comencé a pensar que los adultos veían algo que nosotros los muchachos no podíamos ver.

Pero la realidad era que no importaba lo que pensaran los adultos ya que no era su atención la que yo quería.

 

Creo que fue ese el momento en donde sentí que siempre sería el patito feo. Por supuesto las hormonas de la adolescencia hicieron que todo pareciera mucho peor de lo que era.

Buscaba ponerme ropa linda, algo sexy si era posible, me arreglaba el pelo y me lo planchaba con fuerza con la esperanza de que los chinos nunca volvieran. Aprendía a maquillarme y probablemente abuse de esto en más de una ocasión.

Y aun con todo el outfit no me sentía hermosa e incluso me sentía muy incomoda.

Cuando empecé a tener novio, descubrí algo que me dejo aun más confundida. No solo los adultos podían ver esa supuesta belleza, también mis novios. ¡Y como la alababan! Pero yo seguía sin ver aquello de lo que hablaban.

Lo más triste fue el día que al mirar el espejo, no me reconocí a mi misma. Me  sentí perdida, y en una búsqueda por reencontrarme, boté la ropa linda, el maquillaje y la plancha para pelo, y decidí no preocuparme por como me veía.

Claro está que esa no fue la solución.